A propósito de las palabras
Id pasando y acomodaos, que esto va para largo.

Hace un montón de días que no publico y no es extraño. Veréis, yo escribo de puertas para afuera por dos motivos: por los aplausos y por la comunicación. Últimamente habéis sido muy generosos con vuestras valoraciones sobre mis escritos así que, tengo cubierto el nivel de vanidad por el momento. Por otro lado, gracias a vuestra facilidad para establecer diálogos con los comentarios en distintas casas, me lo paso en grande charlando por las teclas con vosotros, con lo que mi necesidad de comunicación también está satisfecha. Y entonces… ¿para qué publico hoy? Para marearos un poco, por supuesto, y para hablar de lo mucho que queda por decir y lo poquísimo que nada de lo que he dicho o diga, significa en realidad. Qué queréis, adoro las contradicciones. ![]()
Pensando estos días en las muchas cosas de mí que me gustaría contaros, me di cuenta que no era cierto que quisiese hacerlo. De un tiempo a esta parte, me da una tremenda pereza intentar transportarme a través de palabras, y he descubierto que lo que me gustaría en realidad es que ya supieseis ese montón de cosas mías para que no tuviese que contároslas. Lo que me gustaría de verdad, es no necesitar nunca de palabras que me expliquen o me justifiquen, porque ya se supiese de mí lo suficiente. Sería muy gratificante poder procesar en un instante toda la información necesaria y ahorrarse las molestias de tener que interpretar, traducir, examinar y concluir. Creo que en realidad lo hacemos, compartimos lo importante en un solo instante, pero hemos perdido la capacidad de aprovechar ese momento en el que todo lo que merece saberse, se sabe.
Estoy convencida de que hay un momento en el que se resume y se resuelve todo, un momento en el que nos conocemos y, al margen de ningún lenguaje aprendido, nos decimos “sí” o “no quiero”. Me interesa por encima de todo lo demás ese momento, esa esencia, ese núcleo; los vuestros y el mío.
No tengo ninguna fe en las palabras, ni en las mías ni en las de los demás, al menos no como lenguaje de nada que importe. Juego con ellas desde que las descubrí y a pesar de lo muchísimo que disfruto con ellas, no creo que nada de lo que digamos signifique algo que haya que tener de verdad en cuenta. Las palabras enardecen, deprimen, animan, consuelan, incluso curan, pero yo creo que es sólo en apariencia. Los hechizos, las oraciones y los juramentos se sellan con palabras, pero lo cierto es que nada de lo que siento o en lo que creo ha nacido de palabras, sino de hechos. Amor o desamor, respeto o desprecio, confianza o recelo tienen su origen en un acto, aunque haya sido el de usar bien o mal las palabras. Hechos son amores y no buenas razones. ¿A que sí?
Por eso no creo que seamos lo que escribimos. En absoluto lo somos. Podemos escribir completas mentiras y verdades a medias. Podemos disfrazarnos de lo que queramos, pero no podemos ser lo que no somos. No creo que nuestra esencia esté en lo que escribimos, sino en el porqué lo hacemos.
Y aquí es donde se me frunce todo de puro desconcierto porque, si eso fuese así, ¿qué pasa con nosotros? ¿Cuál es nuestro momento esencial si por aquí todos los momentos son sólo montones de palabras? ¿Cómo sabremos que hemos dado con nuestra alma en este mar interminable de letras y buenos modales?
Es como ahora mismo. ¿Veis? ¿Estáis viendo? Toooda esta tremenda cantidad de palabras, ¿para qué sirven, aparte de ocuparos tiempo? ¿Qué están diciendo en el fondo? Pues nada que no sea: Miradme. Prestadme atención. Aceptadme. Queredme. Éste es todo el mensaje que cualquier cosa que diga en éste u otro espacio, contiene y contendrá. Así de simple.
¿Quiere decir esto que ya no voy a seguir gastando palabras a lo tonto? Noooo. Era sólo para que lo supieseis y para explicaros un poco de esencia. Aquí va otro trozo: Me hacéis sentir viva y eso provoca un profundo agradecimiento y afecto en mí, y espero que este absurdo intercambio de palabras continúe todo el tiempo que sea posible.
Hay que ver lo que me gusta abusar de lo inútil. ![]()
Y para que sonriáis un poco, os dejo con un clásico de dos de mis ídolos de infancia. Dejadme que se lo dedique a Odys.
Amigo, buen viaje.
Otro día más, más corto, y mejor.
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Así que, no perdamos el tiempo.




el resto es cosa de la suerte...

odys dijo
Te quiero un güevo. Un día tenemos que quedar para hablar de lo nuestro.
24 Mayo 2009 | 02:58 PM