El Código de Honor y la Crisco
(AVISO: Es de los largos. Yo iría poniendo primero la musiquita y tal)
Un día apunté algo en un artículo sobre una crisis, palabra que está a punto de caer en desuso si no la utilizamos con más frecuencia y para cuya supervivencia pido desde aquí un poquito de apoyo. Una crisis en toda regla, la llamé, porque la vivía con rotundidad. En realidad, después de muchísimas reflexiones estériles y un escaso segundo de lucidez, creo que sería más correcto hablar de crisco, que no es sino una crisis provocada por un código. Sí, así es, el trozo gordo de mi crisis ha sido culpa de un código, y no el de Da Vinci, sino uno mío para más inri, concretamente, mi Código de Honor. Tachaaán.
Sigo sin comprenderlo bien, pero lo cierto es que una de las raíces de mis problemas en los últimos cuatro años es eso llamado ética y que, como bien define la RAE, es el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana. Ahí es nada. Parece ser que mi forma de entender el mundo en cuanto a lo que se puede y se debe hacer, o no, es la clave de mis últimas desdichas. Es cierto que mi código siempre ha marcado diferencias, igualdades, límites, empatías y enemistades en todos mis territorios, pero eso es algo lógico que nos ocurre a todos. Lo que me está tocando especialmente las narices es lo “inoportuno” que resulta mi código últimamente, porque es como si, de repente, yo me hubiese cambiado de vida y no tuviese a mano el nuevo guión. Lo que considero correcto o no, me ha ido abriendo y cerrando puertas como a cualquier hijo de vecino o ermitaño, pero nunca me había complicado tanto la vida. Perpleja y perdida he llegado a sentirme entre mis propias leyes, lo que resulta incomodísimo teniendo en cuenta que mi código ha hecho de guía del camino desde siempre. Dos de mis cuatro pilares son los que han caído por culpa de, o gracias a (esto lo sabré en otra vida), mi conjunto de normas morales. Coño, dos de cuatro son muchos, y de ahí la crisis, la CRISCO, con mayúsculas. Sí, en las últimas cien predicciones semanales del horóscopo, Trabajo y Amor han ido dejando de ser “favorables” para perpetuarse tozudamente como “desastrosos”. Me explico:
Trabajo. Lo que creo lícito hacer o no dentro del desempeño de mi tarea laboral (recordad que hablamos de ventas), me ha ido, cómo diría… no, arrinconando suena feo… recolocando, eso es, recolocado en mi actual trabajo. Bueno, de “futura coordinadora” a “teleoperadora rasa” hay mucha menos distancia de la que creía, casi ninguna comparada con la que se ha instalado entre mis jefes y yo. Y así están las cosas por culpa de mi “no me parece bien”, que no creo que salga del rincón del castigo antes de la jubilación; claro, que tal y como está todo, no sólo me acabaré quedando sin piños de lo frecuentemente que me doy con el canto en los dientes, sino que mi mayor triunfo sería mantener contra viento y marea mi celdita de castigo y conseguir adoptar forma de garrapata para camuflarme y aguantar entre los barrotes los próximos dieciocho años, o los que queden de aquí al IMSERSO si modifican la ley. ¿Lo conseguiré? Cruzo dedos.
¿A que es un dramón ser desterrada de un futuro glorioso por un “quítame de ahí esas inmoralidades”? Pues por si esto fuese poca tragedia, el otro pilar, el amoroso, comenzó a caer ruidosamente, más o menos a la vez.
Amor. Una bobadita de incompatibilidad ética hizo que se fuese agrietando, desde el principio, el suelo de mi última relación sentimental; el suelo, el sueño y el futuro, que se resquebrajó en montones de pedazos chiquititos imposibles de volver a pegar. Ahí es donde cobró por primera vez importancia defender la propia moral frente a las demás. Nunca había sido consciente de mis batallitas éticas hasta que fui acusada de blandir una espada, subida a un caballo intransigente y testarudo desde el que, por lo visto, abro zanjas entre el mundo y yo. ¿Era cierto? ¿Mi vida se tornaba solitaria y oscura por culpa de algo tan abstracto y tan poco comestible como los principios? Corrí a preguntar a los que me conocen de siempre y me sumergí durante meses en mis propias elucubraciones hasta obtener la respuesta definitiva, de momento.
La respuesta fue dual: SÍ y NO. Obligada a analizar el asunto con detalle, caí en la cuenta por primera vez de que la totalidad de mis diferentes amigos, cuyos pelajes no pueden ser más dispares entre sí, tienen algo en común conmigo y entre ellos: nuestro Código de Honor. Tooodos entendemos lo mismo por honrado o fraudulento y a tooodos nos hace mucha gracia o ninguna la misma situación (en este punto hay matices). Ergo… parece fundamental el acuerdo éste de las éticas para que una relación tenga solidez y larga vida. Tremendo descubrimiento. La ética me une como el Loctite a los míos, y me separa como los calambres de los demás. Conclusión: si mi código abre zanjas insalvables que me empiezan o terminan separando de muchos, pues bienvenidas sean esas distancias, que yo en mi lado del foso me siento magníficamente bien acompañada.
No hay crisco que cien años dure, y poco a poco irá pasando todo. Gracias a las cabezas de quienes me conocen bien, que no han dejado de asentir con seguridad mientras me guiñaban sus “bien hecho”, he vuelto a confiar en mi peculiar, único e intransferible código de honor. Sí señores, mi moral es mi biblia, mi religión, mi esqueleto y el cuerpo que lo recubre; es mi más íntima esencia repartiendo los síes, los noes y los dependes con cierta coherencia por estos mundos tan absurdos como fascinantes. Mi Código de Honor, lo entienda alguien más que yo o no, es de lo que depende en gran medida mi tranquilidad, porque determina que cada paso que dé, acertado o errado, afortunado o desastroso, sea mío.
Por fortuna, no soy un Ninja, ni miembro de mafia alguna, ni defender mi honor pone en peligro la integridad de nadie, que yo sepa, pero lo que sí soy es toda una caballera subida a una montura desde la que no me tiembla la hoja para cortar según qué metafóricas cabezas. Lo mejor es que he vuelvo a sentirme orgullosa de ser honorable, y no creo que se me ocurra jamás pedir disculpas por serlo, ¿sabéis por qué? porque mi ética me crece, me identifica, me prestigia ante mí misma y me diferencia, claro que sí, pero, sobre todo, me hermana. Y me trae alegría y, aunque parezca lo contrario, me simplifica la vida, porque no quiero parecerme ni a mis jefes, ni a nadie que intente justificar lo que yo considero injustificable.
He dicho.
Ah, que no se me pasa por alto la suertaza que tengo de poder mantener mis principios mientras sigo comiendo caliente, que ya sé que el día que Murphy desate contra mí una de sus inexorables leyes, la espada me la meto yo solita por donde haga falta y al caballo lo vendo para filetes sin pensármelo dos veces, si no me lo como yo primero. Porque mi vida, aunque a veces me parezca complicada, siempre ha sido igual de sencilla; sólo tengo una decisión a mi alcance, se trate de lo que se trate: ¿me lo puedo permitir, sí o no? Tele de plasma… no. Coche nuevo… no. Código de Honor… sí.
¿A que quien no se consuela es porque no quiere? Como los del vídeo, igualito, jeje, panda de mataos...
Otro día más, mucho más breve, y mejor. ![]()
Así que, no perdamos el tiempo.


el resto es cosa de la suerte...

Jose Alberto dijo
Hola, buenas noches. Lo que queda de Jose Alberto dijo:
"Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros" :-)
Está claro que tú haces caso omiso de la célebre frase de Groucho, lo que al parecer ha provocado que tengas un "crisco" (curioso vocablo), pero que sin duda te permite dormir a piena suelta, y con la conciencia tranquilísima.. y esto no tiene precio.
Y de pedir disculpas por ser una persona íntegra y consecuente con sus ideas, nada de nada, faltaría más.
El vídeo, genial. Menudo "elenco": Clapton, Sting, Knopfler, Phill Collins.. y la canción, toda una crítica a la sociedad de consumo.
No se te olvide mañana ir a votar, que tengas un buen (lo que queda) finde :-)
PD. No sé si lo he llegado a comentar, pero he estado gravemente enfermo, aunque ya estoy mejor :-)
Un beso muy grande¡¡
28 Febrero 2009 | 09:08 PM