El Frikimundo del Fumador
Antes de que empecéis a leer, os advierto que es un artículo muy, muy extenso, así que si tenéis prisa o pocas ganas, será mejor que vengáis en otro momento o paséis de largo.
Veréis, con esto del frío y mi vida de superwoman, últimamente me está pasando siempre lo mismo: cuando robo ratos templados para entrar en LC traigo unas ganas locas de contar un montón de cosas y escribir y leer y chismear y comentar y compartir…, y como comienzo por el final, pues ya no llego al principio. Así que os leo, os comento si puedo (no siempre consigo dejaros comentarios antes de agotar los minutos-tesoro) y me voy con mi saco de palabras hasta otra. Unsolete, preciosa, no sabes cómo echo de menos los corrillos en los pasillos de ida y vuelta de los blogs, y las risas, y los planes... Pero no hay tiempo, no hay condiciones adecuadas, no hay manera de soltarse un poco. Por eso esta vez me voy a permitir empezar por el principio y gastarlo todo en contaros, porque tengo un buen montón de palabras que no se pueden seguir quedando atascadas o me causarán serios problemas de congestión vital.
Me refiero al famoso tema pendiente: EL CONSULTORIO DEL FUMADOR, o “El frikimundo del fumador”, como propuso Odys. Acabemos con LA CORTINA DE HUMO que ya es hora de descolgar.
Sin misterios ni ases exclusivos en la manga, Jose Alberto, digo con toda la humildad de que soy capaz (no mucha, la verdad), que dejar de fumar ha sido muy fácil. Lo que os intentaré explicar ahora, no es “la manera” ni “el método” para haberlo conseguido, sino las circunstancias externas e internas que lo han favorecido, es decir, “mi” manera y “mi” método. Mi dulce Abril, yo no creo en la fuerza de voluntad; si por voluntad fuese, los malos estarían muertos y los buenos serían felices. Tampoco creo en los caminos únicos ni en los remedios universales; lo que me vale a mí, no tiene porqué servirle a nadie más, así que, ante todo, quede claro que mi “discurso” no pretende ser “el discurso”. Creo en las estrategias, en las armas y en la enorme capacidad de organización de nuestro cerebro, el líder imprescindible de toda campaña.
MI DISCURSO:
Dejar de fumar ha sido fácil para mí por dos razones: Una, llevaba el tiempo suficiente considerando mi “hábito” como una desgraciada adicción (tenía el ánimo adecuado y había llegado el momento) y dos, tenía las herramientas necesarias (un incentivo y un método).
La idea de que fumar es una auténtica gilipollez, me lleva rondando mucho tiempo, pero hasta que no entró en vigor la ley anti tabaco, no empezó a solidificar en mi cabeza un incentivo auténtico; mi incentivo.
Nunca me he sentido culpable por minar mi salud ni por gastar dinero en algo que se “esfuma” sin dejar pruebas de la gratificación. Ojalá me hubiese afectado saber que me estaba envenenado o la pasta gansa que me ha costado hacer circulitos de humo. Pero no, físicamente no he llegado a sentir los efectos, y digo a sentir porque supongo que mi organismo los padece sin duda. No, no he tenido la tos del fumador por las mañanas, no me he asfixiado nadando, no he tenido que sentarme para recuperar el aliento durante una caminata, ni siquiera me he acatarrado más de una vez cada dos años (como mucho). Entonces, ¿dónde ha ido a parar todo el veneno de esos treinta años de cajetillas diarias? Ni lo sé ni lo quiero saber. Este aparente “bienestar” físico, ha sido una putada; por su culpa, he tardado muchísimo tiempo más en llegar a tomar “la decisión”. Cuando la cárcel no es incómoda, cuesta más tiempo de esclavitud llegar a desear la libertad. No, la salud no era mi incentivo.
Mi vida ya estaba condicionada desde antes de que fumar se promulgase como algo satánico. Ya me había muerto de frío unos cuantos inviernos en mi cocina de ventana eternamente abierta (no fumo en el resto de la casa desde que nació mi hijo), antes de que no pudiese fumar en un centro comercial. También antes de ese “fatídico” 1 de Enero del 2.006, ya había dejado de intimar con unos cuantos no fumadores cuyas invitaciones de cenas caseras rechazaba sistemáticamente con la seguridad de que una sobremesa sin cigarrillos era un sacrificio por el que no iba a pasar. La Ley sólo me obligó a ser más consciente de la cantidad de cosas que llegaban a depender del hecho de ser fumadora. Y así me di de bruces con mi particular Talón de Aquiles: la libertad.
No hay nada que considere peor, en el sentido más completo y compacto de “malo”, que la falta de libertad. Hace mucho, mucho tiempo, me propuse cultivar la lucidez suficiente para ir distinguiendo qué poquísimas y valiosas libertades dependen cien por cien de mí para, llegado el caso, defenderlas a muerte sin excusas. Me gustase o no, fumar me restaba una libertad mayor de la que había querido reconocer y, esto fue lo que más me escoció, recuperarla sólo estaba en mi mano. Creo que esa caída de guindo fue la que me hizo empezar a sentirme realmente hastiada de fumar.
Durante este último año, con frecuencia y sin proponérmelo, cuando fumaba me veía a mí misma desde fuera y me sentía como una estúpida que no podía evitar soltar humo por la boca sin más. No veía a los otros fumadores como bobos, era sólo conmigo con quien iba el asunto. Era algo personal directamente relacionado con mi afán de libertad. Fumar me condicionaba y me convertía en una esclava y en una necia. Si era cierto todo lo que había leído con respecto a la nicotina, acabar con su tiranía no tenía que ser tan difícil como vivir bajo su yugo. Recuperar esa libertad era MI INCENTIVO.
Bien, así fue como llegué al MOMENTO oportuno con el ÁNIMO adecuado para decir adiós a tanta tontería relacionada con unas hierbas tiránicas y nada complacientes. Ahora sólo necesitaba el MÉTODO. Estaba de suerte, ya tenía dos.
Hacía unos cuatro años, me habían regalado un libro que entonces leí con cariño pero sin ningunas ganas. Se trataba de “Es fácil dejar de fumar, si se sabe cómo” de Allen Carr Lo había guardado justamente para apoyarme en él, el día en que decidiese dejar de fumar, porque me pareció que tanto la forma de enfocar la adicción al tabaco como los consejos que daba para superarla, eran lo más inteligente y sensato que había leído al respecto. Refresqué también un experimento que la Xunta puso en marcha a través de la Universidad de Santiago y en el que yo había participado unos doce años atrás. El experimento consistía en analizar uno a uno todos los cigarrillos que fumabas al día. No se trataba de dejarlo, sino sólo de estudiar el hábito. Había que anotar la hora, la circunstancia, el deseo previo (de 1 a 10) y la satisfacción posterior (de 1 a 10). Ya entonces me quedó claro lo confusos que vivimos los fumadores con respecto a nuestro “placer de fumar”. Es sorprendente comprobar cómo una adicción te obliga a mitificarla para seguir justificándola. Entre el libro y el experimento, yo ya sabía por mí misma que una cosa es el ACTO de fumar, y otra muy distinta la IDEA de fumar. Tenía dos frentes que atacar y debía armarme bien. Comencé con el acto. Aproveché lo que había aprendido gracias a ese estudio para usarlo en mi favor y me convertí en mi propia rata de laboratorio para desmenuzar sin piedad mi ACTO de fumar. ¿De verdad me gustaba tanto como yo quería creer?
No, no me gustaba en absoluto. Sabía igual de mal que siempre, solo que me había acostumbrado, pero si prestaba atención, algunos cigarrillos al día me devolvían el sabor asquerosamente original que tuvo el primero de la historia. Puagg. Bueno, quizá no me gustase, pero me relajaba. ¿Sí?
No, para nada. Cuando fumaba después de un momento tenso, me tomaba el pulso y éste se aceleraba aún más con las caladas. La nicotina excita, es un hecho. Vale, no me relajaba, pero sicológicamente era un apoyo, ¿verdad?
Sí. Eso era cierto, tan cierto como el efecto placebo. Fumar era algo que hacía creyendo que me ayudaba, que me acompañaba, me entretenía, me hacía sentir mejor, más completa. Por supuesto que no era cierto, pero el hecho de que considerase a mis cigarrillos como algo imprescindible, había convertido al tabaco en un apoyo real. La única verdad es que necesitaba el tabaco, o mejor dicho, necesitaba mis dosis de nicotina. Bueno, por fin había llegado a la IDEA de fumar: el más fiero de mis contrincantes en la lucha que ya no iba a tardar mucho en emprender.
Lo vi claro, no sé por qué, un día tuve la absoluta convicción de que podía desmontar todos mis mecanismos mentales para acabar con las falacias de la idea de fumar, y que no había nada a lo que debiese temer, ni al sufrimiento físico por la adicción (es cierto que es un mono muy leve y pasajero), ni al sufrimiento sicológico por la falsa pérdida (no hay ninguna pérdida, todo son ganancias), ni siquiera al miedo de los miedos: al fracaso. Soy generosa como maestra de mí misma y, por supuesto, contaba con no conseguirlo. Mi lucha era contra mi adicción, no contra mí. Si el proceso no era tan sencillo como creía de antemano, no me iba a permitir sufrir un infierno para huir de otro, así que volvería a fumar sin pensármelo dos veces. No iba a haber castigo, pero podía haber un tesoro de premio. Estaba preparada.
Con el ánimo adecuado, abrí de nuevo el libro que llevaba esperando cuatro años su momento, y usé las herramientas que me proporcionó su método para conseguir mi incentivo. Y gané. En un solo día, en un instante, gané.
Victoria tras victoria. Me reí a carcajadas durante el primer café que tomé sin cigarrillo. Dios, estaba tan asustada pensando que el café ya no sería igual… No imaginaba que el café me gustase tanto… qué rico está ahora. Volví a reírme de agradecimiento cada paso que daba sin fumar y no resultaba frustrante ni vacío ni incompleto. Desde el primer día, vivir sin tabaco ha sido exactamente igual que cuando fumaba; exactamente igual. Supongo que a los no fumadores debemos pareceros idiotas con estos descubrimientos ¿verdad, Supernova? Lo cierto es que viví con curiosidad y fascinación los monos de la primera semana que había aprendido previamente a distinguir y ver venir. Me disculpé abochornada y divertida por el par de ratos de irascibilidad que me sorprendieron incluso a mí en esa primera semana. Disfruté todo lo que pude del proceso del que tenía información suficiente y que se fue endulzando rápidamente en las dos semanas siguientes, hasta que un día olvidé tachar la casilla correspondiente en el calendario que estaba usando para mi batalla. Increíble, había olvidado que estaba en guerra; había olvidado que yo antes fumaba.
Y eso ha sido todo hasta hoy, dos meses después de mi primer día de no fumadora, que sigo sin creer que fuese tan fácil.
Con respecto al consultorio, creo que os lo he contado todo, pero si fumadores o no tenéis necesidad o curiosidad de saber algo más, estoy encantada de responderos, aunque tarde algo en hacerlo. Incluso vosotros, fumadores, no fumadores y mixtos (Laislabonita, tú has sido amb@s) si queréis, también podríais responder a las preguntas de otros, si es que hay alguien que quiera preguntar algo, claro. Podemos hacerlo aquí mismo.
Bueno, queda oficialmente inaugurado el Frikimundo del Fumador. ¿Alguna pregunta? Yo tengo una: ¿Es tan sencillo como me ha parecido, o me estoy engañando y esto no ha hecho más que empezar?
Y ahora me voy a seguir preparando otro aniversario. Mañana cumplirá dos años una irrepetible, fascinante y agridulce historia que, pase lo que pase, seguirá creciendo conmigo. No me regañes mi deliciosa Cata, la cortina de humo ha cumplido su misión, y yo he cumplido mi palabra de no usar este blog para contar cómo se me ha roto y pegado el corazón a cada capítulo de esa historia. Tranquila, ya estoy preparando otro tema del que puedo hablar otros tres meses más para no hablar de mí. ;-)
Y ahora, un brindis: ¡Por nosotros!
Ah, antes de que os montéis películas que no son, ésta el la letra:
Abba (When all is Said and Done)
Por nosotros,
brindemos de nuevo
y luego pagaremos la cuenta.
En nuestro interior, los dos
podemos sentir el frío del otoño.
Tú y yo somos aves de paso
que volamos por instinto.
Cuando la canción haya terminado
y las nubes cubran el sol,
ni tú ni yo seremos los responsables,
cuando todo haya pasado.
En la vida hemos recorrido
caminos extraños y solitarios,
ligeramente castigados, pero con dignidad,
y no demasiado viejos para el sexo.
Lúcidos y con los ojos bien abiertos,
habiéndolo probado todo.
Tranquilos en la encrucijada,
sin deseos de huir.
Ya no hay ninguna prisa
cuando todo ha pasado.
Tranquilos en la encrucijada,
sin deseos de huir.
Ya no hay ninguna prisa
cuando todo ha pasado.
Chic@s, os iré a ver en mi próximo rato templado.
Besos y pas para tod@s.
Así que, no perdamos el tiempo.




el resto es cosa de la suerte...

Odys dijo
Yo sí tengo una pregunta, ¿podrías explicarnos -a grandes rasgos- en qué consiste ese método que, impreso en un libro- te ha ayudado en tu conquista de la libertad?
Por lo demás, felicidades, dos meses es todo un hito.
Besos de un esclavo :-)
8 Diciembre 2008 | 01:15 PM