Licencia para Fumar
¡¡¡QUINCE DÍAS!!!
Qué pasada. No me lo creo ni yo.
Pero tengo que ser honrada… no he sufrido nada ni parecido a lo que esperaba. No es que no tenga mérito, que tengo un montón (que no decaigan los aplausos, podría favorecer una recaída), pero el esfuerzo ha sido anterior a dejarlo. Pero esto ya lo explicaré cuando llegue a ese punto de la historia.
Bien, decía que, con mucho empeño y “fuerza de voluntad” conseguí aprender a fumar. El tabaco dejó de saberme sistemáticamente asqueroso y comencé a “disfrutar” de su sabor en algún momento. Ya era mayor; mayor e interesante. Pero aún no podía fumar “oficialmente”. En el parque con los amigos, a la salida del colegio en un portal, en los recreos en los baños, en la calle camuflados en la pandilla… Pero a escondidas, como los furtivos.
En mi casa fumaban todos menos mi madre y mi tata. Mis dos hermanos mayores, mi padre y mi padrino. Todos fumaban tabaco negro, y mucho, muchísimo. Si me es difícil recuperar recuerdos sin tabaco desde los quince años, lo que resulta imposible es encontrar una sola imagen, fija o en movimiento, de mi padre sin un cigarrillo o un puro en su mano izquierda. Mi padre era un gran fumador, no sólo porque fumase mucho, sino porque adoraba el tabaco en forma de puros. Era un experto.
Yo sabía que fumar delante de mi padre no era algo pensable hasta mi mayoría de edad. Es este tipo de información que tienes sin necesidad de que se haya dicho o escrito; simplemente se sabe. Bien, mi madre ya había hecho gala de esa superintuición maternal para advertirme que sabía que yo fumaba, y que seguramente mi padre también pero que dios te libre de que te vea hacerlo así que será mejor que tengas cuidado y dejes de fumar en el cuarto de baño que por cierto estas dejando la repisa de la ventana hecha una porquería con tanta colilla apagada y que los filtros no cuelan por el desagüe del water así que deja de tirarlos y de gastar litros de colonia en camuflar inútilmente el pestazo que dejas cada vez que entras a fumar que es que odio el olor del tabaco rubio ¿no podrías fumar Kaiser como tus hermanos?
Bueno, así pasamos un tiempo, (¡Mamá! Estás insinuando que yo fumo? ¡Por dios!), hasta que un día de verano en la piscina, estando yo echando un pitillito en el guardarropía de señoras y charlando con mi querida Maruja (la persona más permisiva con los adolescentes que me encontré), algo cambió. Un exagerado levantamiento de cejas en su cara precedió a la voz de mi padre que, a mis espaldas, le pedía a Maruja un mechero para su puro. No me moví hasta que escuché sus pasos alejándose, creo que ni respiré. Maruja se limitó a decir “te pilló”.
Esa noche en casa, mientras cenábamos, me dijo mirándome serio pero con cariño: “Hasta que no cumplas los 18 años no podrás fumar delante de mí. Si quieres fumar en casa, puedes hacerlo, pero no donde esté yo”.
¡Alucinante! No me hablaba como un jefe, se dirigía a mí como un amigo, un fumador que comprende las necesidades de otro, un colega en toda regla. De repente, cómo no me había dado cuenta antes, tenía el padre más enrollado del mundo. ¡Me dejaba fumar! Nada de broncas, ni de discursos ni de nada. Sólo una norma facilísima de seguir. Así que, por fin, tenía LICENCIA PARA FUMAR.
Eso sí, no sé explicar porqué entendí y sigo entendiendo que en aquella época, la preocupación de mis padres no fuese fumar o no, sino hacerlo en público, pero lo entiendo. También entiendo que nadie me insistiera en lo malo que era el tabaco, ni las enfermedades que acarrea, ni la terrible dependencia que genera, ni que es, con mucho, la adicción más difícil de combatir y la que menos compensaciones tiene. Igual que nadie me advirtió durante todos esos años de lo peligroso que era broncearse sin precaución.
Eran otros tiempos y yo podía quemarme por dentro y por fuera a mis anchas. Ya era “LIBRE”.
¿No?
Así que, no perdamos el tiempo.





el resto es cosa de la suerte...

Odys dijo
En eso consiste la libertad, ¿no? En caminar siguiendo tu propia voluntad y caer víctima de tus propios errores, levantarte y aprender de ellos, aunque a veces sea demasiado difícil o te des cuenta demasiado tarde.
15 días, ahí es nada: felicidades, y que dure hasta el final.
Salud.
22 Octubre 2008 | 03:53 PM