La receta del buen amor
Al abrir un correo esta mañana, he encontrado unas imágenes que me han fijado una sonrisa casi olvidada. Pero esto es empezar por el final.
Hace unos días, recibí la llamada más inesperada del mundo, y no exagero. Alejandro, el novio más oficial que he tenido, me decía hola desde el otro lado del Atlántico. Hacía más de veinte años que no hablábamos; veintidós, para ser exactos.
Ambos estábamos al corriente de los grandes rasgos de la vida del otro gracias a su madre y sus hermanos, quienes, al igual que yo, nunca han querido que nos desvinculásemos ni olvidásemos que nos seguimos queriendo. Fueron cuatro años y pico de bienestar (Alejandro dice que cinco porque se empeña en sumar el año previo que fuimos sólo amigos), cuatro años y pico de noviazgo en toda regla hasta que su lógica necesidad de fijar una fecha de boda me retrajeron hasta el adiós. Si él me hubiese guardado rencor por haberle dejado plantado con sus planes de futuro, lo habría entendido y asumido sin protestar. Nos despedimos de la mejor manera posible, deseándonos con el corazón todo lo bueno.
La semana pasada, cuando oí su voz y conseguí salir de mi asombro, comenzó un reconfortante intercambio de noticias y recuerdos. No hubo preguntas, no hacían falta. Estuvimos horas hablando del presente y del pasado. Le va muy bien así que no hubo prisas ni consideraciones con el sablazo que le llegará en la factura del teléfono. Al despedirnos esta vez, me regaló un tesoro, una medicina que empezó a hacer efecto sin darme cuenta. Me dio por primera vez su visión de la ruptura. Fue tan maduro, tan generoso entonces y ahora, que inevitablemente me llamé tonta con veintidós años de retraso.
Me dijo que lo había entendido, que me había entendido, que yo entonces era muy joven (me lleva unos cuantos años) y que necesitaba vivir muchas otras cosas que él ya había vivido, que comprendía que para mí era pronto y para él tarde, y que yo acabaría sabiendo lo que él ya sabía: que el amor, cuando termina bien, termina teniendo lo que él y yo ya teníamos. Tuve que darle la razón. Le estoy muy agradecida por haberme preservado en un lugar dulce y amable de su memoria, y por habérmelo hecho saber.
“Alejandro parece caído del cielo” me dijo ayer mi amiga Mercedes. Ella no cree en las casualidades y yo, depende. Lo cierto es que, sin saberlo, su llamada me devolvió una lucidez que había perdido. Él siempre ha sido un cúmulo de buenos recuerdos, al igual que mis otras parejas, a excepción de la última. Si he tenido una suerte en la vida es la de haberle abierto mi corazón a buena gente. Me obligó a recordar lo ajena que soy a relaciones turbulentas y llenas de altibajos extremos, lo poco que me pertenecen las intrigas, las pasiones que se expresan con mentiras crueles y gratuitas, los misterios y los revanchismos. Me trajo a la memoria a los hombres buenos con quienes no pudo ser para siempre, pero a quienes siempre recordaré con cariño y respeto. En definitiva, Alejandro me puso en mi sitio, un sitio que estaba a punto de perder y que está en el lado opuesto de lo que acabo de vivir. Me puso delante de mí para que viese mi cara horrorizada ante tanta sinrazón, tanta rabieta infantil, tanto amor propio disfrazado de amor herido.
Oyéndole y viéndole, le he dado las gracias a la vida por tratarlo como merece, y algún día se las daré a él por el bien que me sigue haciendo, por la alegría de verlo sonreírme en la fotografía, satisfecho y en paz, recordándome, para que no se me vuelva a olvidar, de qué está hecha una bonita y auténtica historia de amor. Cada vez que la mire le estaré oyendo decir: “Niña, si quieres amor del bueno, puedes ponerle muchos ingredientes distintos, pero lo que es imprescindible es que dos de ellos sean de la mejor calidad: el corazón y la voluntad”.
Otro día más; mejor, será difícil.
Así que, no perdamos el tiempo.


el resto es cosa de la suerte...

deliciosa-cata dijo
Es que es lo que yo digo... las historias preciosas, los amores de verdad, los buenos no tienen porque terminar como el rosario de la aurora buscando una victima y un culpable.
Yo, salvo un caso, independientemente de que yo decidiera poner fin o fuera la otra persona, siempre los recuerdo como hombres estupendos y guardo lo bueno de todos aquellos momentos.
Y venía yo pensando que no entiendo por qué esa manía de terminar mal, cuando lo lógico es si has querido a alguien desearle lo mejor (aunque no sea a tu lado).
Casualidad tu post, que venía pensando justo eso...
16 Julio 2008 | 01:49 PM