La trascendencia del polvo (La Ley del Estropajo)
No dudo que Santa Teresa encontrase a dios entre las cacerolas, pero yo es que ni lo intuyo en las limpiezas de los sábados; será que lo aspiro con todo lo demás. Lo que sí debo reconocer, es que he aprendido mucho con esto de acabar con los ácaros y las bacterias y los gérmenes, y tooodo lo que es malísimo porque genera vida en forma de enfermedad y que podemos tragar sólo si está dentro de un yogurt (esto sí que se acerca a la metafísica). Sí, tengo unas cuantas teorías que han salido directamente de mi fregadero. Por ejemplo: La ley del estropajo.
Veréis, masacrando enemigos domésticos, me he dado cuenta de que hay circunstancias y personas (incluida servidora) que seguimos la inexorable ley del estropajo. Recién estrenado resulta incómodo, duro, inflexible, y hay que esforzarse en que sean los otros quienes se adapten al recién llegado. Salta de nuestras manos, o se queda atascado en un vaso, como si no quisiese integrarse. Nos irrita, nos desconcierta, pero no queda más remedio que aguantarlo porque lo necesitamos.
Cuando pasa el tiempo y el roce suficiente, el estropajo de inicios soberbios, se va ablandando. Conserva la dureza necesaria y es muy eficaz, pero se vuelve más suave, más tolerante, parece que conoce las curvas y los rincones de los otros, y cuando están juntos forman un todo armónico. Fregar entonces es un juego, se tarda poquísimo, es cómodo y satisfactorio. Es el momento perfecto; es el estropajo perfecto.
Pero, claro, el tiempo todo lo desgasta, y vapulea al pobre estropajo hasta convertirlo en una esponjilla blandenga; muy adaptable, desde luego, pero ya no sirve; es un estropajo inútil. Nos hace perder un tiempo que no tenemos, nos frustra y nos cabrea. Es el momento de la despedida; hay que ser fuertes y deshacerse de él.
A mí me cuesta muchísimo tirar un estropajo viejo. Hago como que no me doy cuenta de que tengo que requetefregar la misma olla varias veces porque ya no sirve. Es absurdo tardar más en recomponer trocitos de pasado que en fregar el presente. Así que al final, me resigno, me despido y vuelvo a empezar con un estropajo insolente e inflexible que me hará estrenar también una nueva paciencia imprescindible.
Ya véis que, sin llegar a ser un encuentro místico entre cacerolas, yo también he acabado sacando cierta trascendencia del polvo. Que no es por nada, pero no me extraña que los pueblos primitivos no trasciendan, porque mira tú qué birria de tareas domésticas tienen: apartas los desperdicios, haces sitio para las vituallas, apañas un poco el fuego y hala, la casa en perfectas condiciones. No como nosotros, los civilizados, que empleamos más tiempo en limpiar y ordenar los resultados del progreso que en disfrutarlos.
En fin, voy a ver si me elevo un poco con la fregona, que hoy toca limpieza de las de como dios manda.
Otro día más. Y mejor.
Así que, no perdamos el tiempo.

el resto es cosa de la suerte...

chipi dijo
Si te apetece, cuando termines en tu casa, te invito a seguir elevándote en la mía :P
28 Junio 2008 | 11:19 AM