Primer día de vacaciones. De repente, un abismo a mis pies. ¿Vértigo? Me agacho y lo observo más de cerca. No es un abismo, es un cruce de mil caminos. No quiero tomar ninguno de ellos. Me sentaré a esperar. Otra vez.
Tengo tiempo. Mucho tiempo. Lista de asuntos pendientes. La desdoblo. La estiro. ¿Vértigo otra vez? La alejo para verla mejor. Dos grupos. Obligaciones y Deseos. Demasiada pereza. Demasiado miedo. No importa. Tiempo de sobra. Todo mío. Sólo mío. De repente, de repente no lo quiero. De acuerdo, lo perderé. Otra vez.
Estoy de vacaciones. Estaría bien que me volviera un poco loca. Más loca. Más. Más... Otra vez.
No puedo poner el vídeo que me gustaría porque no está disponible la ruta de enlace. La canción va de algunas de esas idas y vueltas caprichosas de las emociones. Si pincháis AQUÍ lo podréis ver.
Hace un montón de días que no publico y no es extraño. Veréis, yo escribo de puertas para afuera por dos motivos: por los aplausos y por la comunicación. Últimamente habéis sido muy generosos con vuestras valoraciones sobre mis escritos así que, tengo cubierto el nivel de vanidad por el momento. Por otro lado, gracias a vuestra facilidad para establecer diálogos con los comentarios en distintas casas, me lo paso en grande charlando por las teclas con vosotros, con lo que mi necesidad de comunicación también está satisfecha. Y entonces… ¿para qué publico hoy? Para marearos un poco, por supuesto, y para hablar de lo mucho que queda por decir y lo poquísimo que nada de lo que he dicho o diga, significa en realidad. Qué queréis, adoro las contradicciones.
Pensando estos días en las muchas cosas de mí que me gustaría contaros, me di cuenta que no era cierto que quisiese hacerlo. De un tiempo a esta parte, me da una tremenda pereza intentar transportarme a través de palabras, y he descubierto que lo que me gustaría en realidad es que ya supieseis ese montón de cosas mías para que no tuviese que contároslas. Lo que me gustaría de verdad, es no necesitar nunca de palabras que me expliquen o me justifiquen, porque ya se supiese de mí lo suficiente. Sería muy gratificante poder procesar en un instante toda la información necesaria y ahorrarse las molestias de tener que interpretar, traducir, examinar y concluir. Creo que en realidad lo hacemos, compartimos lo importante en un solo instante, pero hemos perdido la capacidad de aprovechar ese momento en el que todo lo que merece saberse, se sabe.
Estoy convencida de que hay un momento en el que se resume y se resuelve todo, un momento en el que nos conocemos y, al margen de ningún lenguaje aprendido, nos decimos “sí” o “no quiero”. Me interesa por encima de todo lo demás ese momento, esa esencia, ese núcleo; los vuestros y el mío.
No tengo ninguna fe en las palabras, ni en las mías ni en las de los demás, al menos no como lenguaje de nada que importe. Juego con ellas desde que las descubrí y a pesar de lo muchísimo que disfruto con ellas, no creo que nada de lo que digamos signifique algo que haya que tener de verdad en cuenta. Las palabras enardecen, deprimen, animan, consuelan, incluso curan, pero yo creo que es sólo en apariencia. Los hechizos, las oraciones y los juramentos se sellan con palabras, pero lo cierto es que nada de lo que siento o en lo que creo ha nacido de palabras, sino de hechos. Amor o desamor, respeto o desprecio, confianza o recelo tienen su origen en un acto, aunque haya sido el de usar bien o mal las palabras. Hechos son amores y no buenas razones. ¿A que sí?
Por eso no creo que seamos lo que escribimos. En absoluto lo somos. Podemos escribir completas mentiras y verdades a medias. Podemos disfrazarnos de lo que queramos, pero no podemos ser lo que no somos. No creo que nuestra esencia esté en lo que escribimos, sino en el porqué lo hacemos.
Y aquí es donde se me frunce todo de puro desconcierto porque, si eso fuese así, ¿qué pasa con nosotros? ¿Cuál es nuestro momento esencial si por aquí todos los momentos son sólo montones de palabras? ¿Cómo sabremos que hemos dado con nuestra alma en este mar interminable de letras y buenos modales?
Es como ahora mismo. ¿Veis? ¿Estáis viendo? Toooda esta tremenda cantidad de palabras, ¿para qué sirven, aparte de ocuparos tiempo? ¿Qué están diciendo en el fondo? Pues nada que no sea: Miradme. Prestadme atención. Aceptadme. Queredme. Éste es todo el mensaje que cualquier cosa que diga en éste u otro espacio, contiene y contendrá. Así de simple.
¿Quiere decir esto que ya no voy a seguir gastando palabras a lo tonto? Noooo. Era sólo para que lo supieseis y para explicaros un poco de esencia. Aquí va otro trozo: Me hacéis sentir viva y eso provoca un profundo agradecimiento y afecto en mí, y espero que este absurdo intercambio de palabras continúe todo el tiempo que sea posible.
Hay que ver lo que me gusta abusar de lo inútil.
Y para que sonriáis un poco, os dejo con un clásico de dos de mis ídolos de infancia. Dejadme que se lo dedique a Odys.
Pues es verdad. Hay que ver la cantidad de telarañas que se descubren en primavera. No es que aparezcan de repente, que la mayoría ya estaban de antes, pero es que con el frío del invierno parece que no te fijas, que no las ves. Con el invierno no queda más remedio que cerrar las ventanas y encender las chimeneas, y entonces todo aprovecha para ocultarse bajo cuentos, sombras y sopas calientes. Por eso, cuando se desentumece de nuevo el sol y los días estiran sus horas, la luz nueva delata montones de telarañas que en la oscuridad pasaban desapercibidas.
Y, cómo no, también llegan las polillas con su engañoso volar de mariposas y su falta de piedad, poniendo en peligro trapos y papeles, y dejando indefensos a nuestros viejos asuntos que no saben cómo protegerse de esa vida chillona e impertinente que se les viene encima de repente. Y entrecerramos los ojos por la falta de costumbre y nos adormecemos a la espera de poder abrirlos del todo. Pero incluso a nuevas luces se hacen los ojos que le ponen empeño, y tal y como se quiere, se puede.
El tiempo de desperezarse llega. La astenia se debilita, el tedio se rinde y la blanca y lenta lasitud sale corriendo para refugiarse y esperarnos en las siestas de verano.
Telarañas y polillas tienen sus días contados en esta incipiente primavera. Atentos, comienzan las tareas; empiezan las limpiezas generales.
Y como el movimiento se demuestra andando… o al menos haciendo algo, aquí os dejo un ejemplo de lo mucho que puede hacer por nosotros el aire libre mezclado con un poco de ejercicio, siempre que usemos la fuerza para echar lo antes posible esta pringosa pereza.
Que tengáis un animoso, activo y estupendo comienzo de semana.
(AVISO: Es de los largos. Yo iría poniendo primero la musiquita y tal)
Un día apunté algo en un artículo sobre una crisis, palabra que está a punto de caer en desuso si no la utilizamos con más frecuencia y para cuya supervivencia pido desde aquí un poquito de apoyo. Una crisis en toda regla, la llamé, porque la vivía con rotundidad. En realidad, después de muchísimas reflexiones estériles y un escaso segundo de lucidez, creo que sería más correcto hablar de crisco, que no es sino una crisis provocada por un código. Sí, así es, el trozo gordo de mi crisis ha sido culpa de un código, y no el de Da Vinci, sino uno mío para más inri, concretamente, mi Código de Honor. Tachaaán.
Sigo sin comprenderlo bien, pero lo cierto es que una de las raíces de mis problemas en los últimos cuatro años es eso llamado ética y que, como bien define la RAE, es el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana. Ahí es nada. Parece ser que mi forma de entender el mundo en cuanto a lo que se puede y se debe hacer, o no, es la clave de mis últimas desdichas. Es cierto que mi código siempre ha marcado diferencias, igualdades, límites, empatías y enemistades en todos mis territorios, pero eso es algo lógico que nos ocurre a todos. Lo que me está tocando especialmente las narices es lo “inoportuno” que resulta mi código últimamente, porque es como si, de repente, yo me hubiese cambiado de vida y no tuviese a mano el nuevo guión. Lo que considero correcto o no, me ha ido abriendo y cerrando puertas como a cualquier hijo de vecino o ermitaño, pero nunca me había complicado tanto la vida. Perpleja y perdida he llegado a sentirme entre mis propias leyes, lo que resulta incomodísimo teniendo en cuenta que mi código ha hecho de guía del camino desde siempre. Dos de mis cuatro pilares son los que han caído por culpa de, o gracias a (esto lo sabré en otra vida), mi conjunto de normas morales. Coño, dos de cuatro son muchos, y de ahí la crisis, la CRISCO, con mayúsculas. Sí, en las últimas cien predicciones semanales del horóscopo, Trabajo y Amor han ido dejando de ser “favorables” para perpetuarse tozudamente como “desastrosos”. Me explico:
Trabajo. Lo que creo lícito hacer o no dentro del desempeño de mi tarea laboral (recordad que hablamos de ventas), me ha ido, cómo diría… no, arrinconando suena feo… recolocando, eso es, recolocado en mi actual trabajo. Bueno, de “futura coordinadora” a “teleoperadora rasa” hay mucha menos distancia de la que creía, casi ninguna comparada con la que se ha instalado entre mis jefes y yo. Y así están las cosas por culpa de mi “no me parece bien”, que no creo que salga del rincón del castigo antes de la jubilación; claro, que tal y como está todo, no sólo me acabaré quedando sin piños de lo frecuentemente que me doy con el canto en los dientes, sino que mi mayor triunfo sería mantener contra viento y marea mi celdita de castigo y conseguir adoptar forma de garrapata para camuflarme y aguantar entre los barrotes los próximos dieciocho años, o los que queden de aquí al IMSERSO si modifican la ley. ¿Lo conseguiré? Cruzo dedos.
¿A que es un dramón ser desterrada de un futuro glorioso por un “quítame de ahí esas inmoralidades”? Pues por si esto fuese poca tragedia, el otro pilar, el amoroso, comenzó a caer ruidosamente, más o menos a la vez.
Amor. Una bobadita de incompatibilidad ética hizo que se fuese agrietando, desde el principio, el suelo de mi última relación sentimental; el suelo, el sueño y el futuro, que se resquebrajó en montones de pedazos chiquititos imposibles de volver a pegar. Ahí es donde cobró por primera vez importancia defender la propia moral frente a las demás. Nunca había sido consciente de mis batallitas éticas hasta que fui acusada de blandir una espada, subida a un caballo intransigente y testarudo desde el que, por lo visto, abro zanjas entre el mundo y yo. ¿Era cierto? ¿Mi vida se tornaba solitaria y oscura por culpa de algo tan abstracto y tan poco comestible como los principios? Corrí a preguntar a los que me conocen de siempre y me sumergí durante meses en mis propias elucubraciones hasta obtener la respuesta definitiva, de momento.
La respuesta fue dual: SÍ y NO. Obligada a analizar el asunto con detalle, caí en la cuenta por primera vez de que la totalidad de mis diferentes amigos, cuyos pelajes no pueden ser más dispares entre sí, tienen algo en común conmigo y entre ellos: nuestro Código de Honor. Tooodos entendemos lo mismo por honrado o fraudulento y a tooodos nos hace mucha gracia o ninguna la misma situación (en este punto hay matices). Ergo… parece fundamental el acuerdo éste de las éticas para que una relación tenga solidez y larga vida. Tremendo descubrimiento. La ética me une como el Loctite a los míos, y me separa como los calambres de los demás. Conclusión: si mi código abre zanjas insalvables que me empiezan o terminan separando de muchos, pues bienvenidas sean esas distancias, que yo en mi lado del foso me siento magníficamente bien acompañada.
No hay crisco que cien años dure, y poco a poco irá pasando todo. Gracias a las cabezas de quienes me conocen bien, que no han dejado de asentir con seguridad mientras me guiñaban sus “bien hecho”, he vuelto a confiar en mi peculiar, único e intransferible código de honor. Sí señores, mi moral es mi biblia, mi religión, mi esqueleto y el cuerpo que lo recubre; es mi más íntima esencia repartiendo los síes, los noes y los dependes con cierta coherencia por estos mundos tan absurdos como fascinantes. Mi Código de Honor, lo entienda alguien más que yo o no, es de lo que depende en gran medida mi tranquilidad, porque determina que cada paso que dé, acertado o errado, afortunado o desastroso, sea mío.
Por fortuna, no soy un Ninja, ni miembro de mafia alguna, ni defender mi honor pone en peligro la integridad de nadie, que yo sepa, pero lo que sí soy es toda una caballera subida a una montura desde la que no me tiembla la hoja para cortar según qué metafóricas cabezas. Lo mejor es que he vuelvo a sentirme orgullosa de ser honorable, y no creo que se me ocurra jamás pedir disculpas por serlo, ¿sabéis por qué? porque mi ética me crece, me identifica, me prestigia ante mí misma y me diferencia, claro que sí, pero, sobre todo, me hermana. Y me trae alegría y, aunque parezca lo contrario, me simplifica la vida, porque no quiero parecerme ni a mis jefes, ni a nadie que intente justificar lo que yo considero injustificable.
He dicho.
Ah, que no se me pasa por alto la suertaza que tengo de poder mantener mis principios mientras sigo comiendo caliente, que ya sé que el día que Murphy desate contra mí una de sus inexorables leyes, la espada me la meto yo solita por donde haga falta y al caballo lo vendo para filetes sin pensármelo dos veces, si no me lo como yo primero. Porque mi vida, aunque a veces me parezca complicada, siempre ha sido igual de sencilla; sólo tengo una decisión a mi alcance, se trate de lo que se trate: ¿me lo puedo permitir, sí o no? Tele de plasma… no. Coche nuevo… no. Código de Honor… sí.
¿A que quien no se consuela es porque no quiere? Como los del vídeo, igualito, jeje, panda de mataos...
Últimamente hay un tema que no deja de rondar de una forma u otra entre mis desgastadas neuronas y al que hasta ahora no le había prestado demasiada atención, porque nunca me había afectado. Es uno de esos debates interminables entre hombres y mujeres de los que he procurado huir como de la peste. El caso es que ahora, me guste o no, esta "confrontación" que hace correr ríos de tinta, está muy relacionada con mi realidad, es más, yo diría que me persigue.
Veréis, hace poco me enteré de que acababan de abrir una nueva tienda: la “Tienda de Hombres”. Me dijeron que en ella las mujeres podíamos elegir y comprar un hombre. Como es una tienda diferente, funciona de forma distinta. Me explicaron que cuando las mujeres van a por un hombre, tienen que seguir rigurosamente las instrucciones que se indican a la entrada, que son éstas:
1. Sólo se puede visitar esta tienda una vez
2. Hay 6 plantas y el valor de los hombres aumenta a medida que se va subiendo de planta.
3. Se puede elegir hombre en cualquier planta o seguir subiendo a las siguientes.
4. NO SE PUEDE volver a bajar, excepto para salir del edificio.
Reconozco que sentí una curiosidad tremenda por esta “Tienda de Hombres”, así que en cuanto que pude, me dirigí hacia ella para probar a encontrar uno adecuado. Leí las instrucciones y subí a la primera planta en la que el cartel indicaba:
Primera Planta
Estos hombres tienen trabajo y adoran a los niños
Continué. El cartel de la segunda planta decía:
Segunda Planta
Estos hombres tienen trabajo, adoran a los niños y saben escuchar
“No está mal” pensé, y continué. En el cartel de la tercera planta se podía leer:
Tercera Planta
Estos hombres tienen trabajo, adoran a los niños, saben escuchar y son muy atractivos
“Caray” pensé, y continué. El cartel de la cuarta planta rezaba:
Cuarta Planta
Estos hombres tienen trabajo, adoran a los niños, saben escuchar, son muy atractivos y comparten las tareas de casa.
“¡Madre mía! Esto es increíble” exclamé, pero a pesar de ello, seguí subiendo a la quinta planta. En el cartel ponía:
Quinta Planta
Estos hombres tienen trabajo, adoran a los niños, saben escuchar, son muy atractivos, comparten las tareas de casa y son super románticos
Tengo que confesar que aquí sí que sentí una enorme tentación de quedarme, pero no sé porqué, no pude resistirme a seguir subiendo. Cuando accedí a la sexta planta, lo entendí. El cartel decía:
Sexta Planta
Eres la visitante nº31.456.012 de esta planta. En esta planta no hay hombres, sólo está abierta como prueba de que las mujeres son imposibles de complacer. Gracias por visitar la Tienda de Hombres.
Frustrada y muy confusa, salí del edificio y ya en la calle alguien me paró. Era uno de los propietarios de la tienda quien sonriendo me dijo:
- No le des importancia. Mira, para que no os sintáis tan mal, hemos abierto otra tienda aquí enfrente. Es una ”Tienda de Mujeres”. Ven, entra conmigo y te la enseñaré.
Entré y leí el cartel de información que había en la entrada. Esto es lo que decía:
Primera Planta:
- Mujeres que adoran el sexo
Segunda Planta:
- Mujeres que adoran el sexo y no rompen las pelotas
Plantas 3ª 4ª 5ª y 6ª:
- Se desconoce el contenido
NUNCA HAN SIDO VISITADAS
(Hermano, gracias por el chiste, muy oportuno)
¿De verdad somos tan difíciles de complacer que no hay tesis de sicología que tenga cojones de tratarnos, o son leyendas románticas? ¿Es cierto que sois tan primitivos como os pintamos y un manual de instrucciones para vuestro manejo no pasaría de la introducción, o son guiones de seriales?
Se supone que yo debería saber contestar a lo que me incumbe mejor que nadie, pero me doy cuenta de que no conozco en absoluto la perspectiva masculina para según qué cuestiones. Uno de estos días me pongo a investigar sobre ello y hago una encuesta. Qué complicado es todo, ¿no?
Dicen que por estas fechas, calendarios reajustados más o menos, nació un tipo iluminado que revolucionó la fe de los suyos para crear un nuevo mundo, más justo y amable que el antiguo. Fracasó estrepitosamente. No me extraña, ¿quién en su sano juicio se cree eso de que somos tooodos hermanos?
Y del nacimiento de ese loco, tenaz defensor de los necesitados, se ha terminado organizando todo este follón. Por cierto, anoche no abrió ninguno de los comedores sociales de mi ciudad, al menos que yo sepa. Estuve todo el día buscando uno que fuese a dar la cena de Nochebuena, ya sabéis, para colaborar y, ya de paso, poder disolverme en la miseria de otras realidades. Todos cerrados. ¿Dónde se esconderían de la Navidad los pobres de Vigo anoche? Pero eso sí, el alumbrado navideño sí que lo encendieron.
Mejor sólo con luces bonitas. Que los pobres, los tristes y los abandonados se queden en su mesa y no nos estropeen las Fiestas.
“Un nuevo mandamiento os doy: que os améis unos a otros”. (Juan 13,34)
Amigos, disculpad que no haya contestado vuestros últimos comentarios en este vanidoso espacio, pero no ha sido ni por desconsideración ni por desinterés. Ya sé, ya sé que muchos blogueros defienden su derecho a replicar o no a quienes les comentan, pero no comparto esa supuesta “libertad”. Yo no me siento obligada a contestar a vuestros comentarios, al contrario, me gusta mucho hacerlo y lo que me incomoda es dejaros con la palabra en la pantalla. Por eso estoy encantada de poder robar estos minutos a mis jefes para “daros explicaciones”.
Desde que llegó el frío, y ha sido de repente, mis posibilidades de disfrutar leyendo y escribiendo en LC han menguado considerablemente. ¿Y eso? Os preguntaréis con razón. Pues “eso” es porque mi querido y precioso ordenador está ubicado en una no menos preciosa galería que, a pesar de estar completamente acristalada, mantiene una empatía tenaz con la temperatura ambiente. Esto es algo delicioso mientras dura el buen tiempo, pero durante el resto del año, se convierte en un antipático factor que no hace sino restar momentos encantadores a mi sacrificada existencia de super-woman.
En fin, soy consciente de mi fortaleza, pero no puedo luchar contra todos los elementos, no contra todos a la vez, así que otoño tras otoño, me resigno de mala gana a este sombrío y frustrante período. De todas formas, este año tengo un plan.
Estoy preparando un super artículo en el que pueda verter con brillantez, como es costumbre en mí, toda la sapiencia que estoy adquiriendo gracias a la ausencia de tabaco en mi casi “mes de no fumadora”, que celebraré mañana día 7 de Noviembre. Por culpa del frío de las pelotas de mi preciosa galería, no sé cuándo ni cómo lo podré publicar, pero estoy en ello.
De ahora a cuando sea, pasadlo todo lo bien que podáis y os dejen.
Besos y pas a diestro y siniestro (no es propio de mi naturaleza discriminar).
No sabía qué foto podía ir con el texto y tengo complicado el acceso a las imágenes así que espero que ésta sirva. Era la menos chillona de las cuatro y aquí no puedo hacer demasiado ruido.
Cada estación tiene sus trabajos, sus propósitos, sus deseos… o así suele suceder.
A mí no. A mi se me juntan todas las estaciones en una.
Los propósitos de Año Nuevo, la alteración de la Primavera, la limpieza general del verano, los propósitos de enmienda de la Navidad y la nostalgia de las tardes grises se me juntan en Otoño. Todo me pasa cuando la luz se hace más pequeña y las noches más largas.
Creo que me ocurre porque mido mi vida por cursos escolares. Tanto debió impresionarme mi experiencia académica, que las cosas no cambian ni se renuevan sino al ritmo de los timbres del colegio. Por eso mi año comienza en Octubre y termina en Junio. Por eso de Julio a Septiembre sólo dormito aunque por fuera me mueva.
Por eso he empezado todo al mismo tiempo: recuperar el gimnasio, abandonar el tabaco, despedirme de tristezas del corazón con las que ya no podía repetir otro año más, estrenar cuadernos nuevos que huelen a tinta recién perfumada… Ahora ya sólo me queda la limpieza general y arremeter con los bultos del trastero que ya no se pueden seguir quedando.
Creo que por eso sólo es en Otoño cuando veo volar a Mary Poppins.
Cambio de clase,
curso nuevo.
Ah, y no se lo dedico a nadie. Lo aclaro porque en Otoño es fácil herir susceptibilidades; eso sí que todo el mundo lo sabe.