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Terra
La Coctelera

Vanitas...

...vanitatum et omnia vanitas. O sea, que lo llevamos crudo. Así que, no perdamos el tiempo.

Categoría: La cortina de humo

7 Diciembre 2008

El Frikimundo del Fumador

Antes de que empecéis a leer, os advierto que es un artículo muy, muy extenso, así que si tenéis prisa o pocas ganas, será mejor que vengáis en otro momento o paséis de largo.

Veréis, con esto del frío y mi vida de superwoman, últimamente me está pasando siempre lo mismo: cuando robo ratos templados para entrar en LC traigo unas ganas locas de contar un montón de cosas y escribir y leer y chismear y comentar y compartir…, y como comienzo por el final, pues ya no llego al principio. Así que os leo, os comento si puedo (no siempre consigo dejaros comentarios antes de agotar los minutos-tesoro) y me voy con mi saco de palabras hasta otra. Unsolete, preciosa, no sabes cómo echo de menos los corrillos en los pasillos de ida y vuelta de los blogs, y las risas, y los planes... Pero no hay tiempo, no hay condiciones adecuadas, no hay manera de soltarse un poco. Por eso esta vez me voy a permitir empezar por el principio y gastarlo todo en contaros, porque tengo un buen montón de palabras que no se pueden seguir quedando atascadas o me causarán serios problemas de congestión vital.

Me refiero al famoso tema pendiente: EL CONSULTORIO DEL FUMADOR, o “El frikimundo del fumador”, como propuso Odys. Acabemos con LA CORTINA DE HUMO que ya es hora de descolgar.

Sin misterios ni ases exclusivos en la manga, Jose Alberto, digo con toda la humildad de que soy capaz (no mucha, la verdad), que dejar de fumar ha sido muy fácil. Lo que os intentaré explicar ahora, no es “la manera” ni “el método” para haberlo conseguido, sino las circunstancias externas e internas que lo han favorecido, es decir, “mi” manera y “mi” método. Mi dulce Abril, yo no creo en la fuerza de voluntad; si por voluntad fuese, los malos estarían muertos y los buenos serían felices. Tampoco creo en los caminos únicos ni en los remedios universales; lo que me vale a mí, no tiene porqué servirle a nadie más, así que, ante todo, quede claro que mi “discurso” no pretende ser “el discurso”. Creo en las estrategias, en las armas y en la enorme capacidad de organización de nuestro cerebro, el líder imprescindible de toda campaña.

MI DISCURSO:

Dejar de fumar ha sido fácil para mí por dos razones: Una, llevaba el tiempo suficiente considerando mi “hábito” como una desgraciada adicción (tenía el ánimo adecuado y había llegado el momento) y dos, tenía las herramientas necesarias (un incentivo y un método).

La idea de que fumar es una auténtica gilipollez, me lleva rondando mucho tiempo, pero hasta que no entró en vigor la ley anti tabaco, no empezó a solidificar en mi cabeza un incentivo auténtico; mi incentivo.

Nunca me he sentido culpable por minar mi salud ni por gastar dinero en algo que se “esfuma” sin dejar pruebas de la gratificación. Ojalá me hubiese afectado saber que me estaba envenenado o la pasta gansa que me ha costado hacer circulitos de humo. Pero no, físicamente no he llegado a sentir los efectos, y digo a sentir porque supongo que mi organismo los padece sin duda. No, no he tenido la tos del fumador por las mañanas, no me he asfixiado nadando, no he tenido que sentarme para recuperar el aliento durante una caminata, ni siquiera me he acatarrado más de una vez cada dos años (como mucho). Entonces, ¿dónde ha ido a parar todo el veneno de esos treinta años de cajetillas diarias? Ni lo sé ni lo quiero saber. Este aparente “bienestar” físico, ha sido una putada; por su culpa, he tardado muchísimo tiempo más en llegar a tomar “la decisión”. Cuando la cárcel no es incómoda, cuesta más tiempo de esclavitud llegar a desear la libertad. No, la salud no era mi incentivo.

Mi vida ya estaba condicionada desde antes de que fumar se promulgase como algo satánico. Ya me había muerto de frío unos cuantos inviernos en mi cocina de ventana eternamente abierta (no fumo en el resto de la casa desde que nació mi hijo), antes de que no pudiese fumar en un centro comercial. También antes de ese “fatídico” 1 de Enero del 2.006, ya había dejado de intimar con unos cuantos no fumadores cuyas invitaciones de cenas caseras rechazaba sistemáticamente con la seguridad de que una sobremesa sin cigarrillos era un sacrificio por el que no iba a pasar. La Ley sólo me obligó a ser más consciente de la cantidad de cosas que llegaban a depender del hecho de ser fumadora. Y así me di de bruces con mi particular Talón de Aquiles: la libertad.

No hay nada que considere peor, en el sentido más completo y compacto de “malo”, que la falta de libertad. Hace mucho, mucho tiempo, me propuse cultivar la lucidez suficiente para ir distinguiendo qué poquísimas y valiosas libertades dependen cien por cien de mí para, llegado el caso, defenderlas a muerte sin excusas. Me gustase o no, fumar me restaba una libertad mayor de la que había querido reconocer y, esto fue lo que más me escoció, recuperarla sólo estaba en mi mano. Creo que esa caída de guindo fue la que me hizo empezar a sentirme realmente hastiada de fumar.

Durante este último año, con frecuencia y sin proponérmelo, cuando fumaba me veía a mí misma desde fuera y me sentía como una estúpida que no podía evitar soltar humo por la boca sin más. No veía a los otros fumadores como bobos, era sólo conmigo con quien iba el asunto. Era algo personal directamente relacionado con mi afán de libertad. Fumar me condicionaba y me convertía en una esclava y en una necia. Si era cierto todo lo que había leído con respecto a la nicotina, acabar con su tiranía no tenía que ser tan difícil como vivir bajo su yugo. Recuperar esa libertad era MI INCENTIVO.

Bien, así fue como llegué al MOMENTO oportuno con el ÁNIMO adecuado para decir adiós a tanta tontería relacionada con unas hierbas tiránicas y nada complacientes. Ahora sólo necesitaba el MÉTODO. Estaba de suerte, ya tenía dos.

Hacía unos cuatro años, me habían regalado un libro que entonces leí con cariño pero sin ningunas ganas. Se trataba de “Es fácil dejar de fumar, si se sabe cómo” de Allen Carr Lo había guardado justamente para apoyarme en él, el día en que decidiese dejar de fumar, porque me pareció que tanto la forma de enfocar la adicción al tabaco como los consejos que daba para superarla, eran lo más inteligente y sensato que había leído al respecto. Refresqué también un experimento que la Xunta puso en marcha a través de la Universidad de Santiago y en el que yo había participado unos doce años atrás. El experimento consistía en analizar uno a uno todos los cigarrillos que fumabas al día. No se trataba de dejarlo, sino sólo de estudiar el hábito. Había que anotar la hora, la circunstancia, el deseo previo (de 1 a 10) y la satisfacción posterior (de 1 a 10). Ya entonces me quedó claro lo confusos que vivimos los fumadores con respecto a nuestro “placer de fumar”. Es sorprendente comprobar cómo una adicción te obliga a mitificarla para seguir justificándola. Entre el libro y el experimento, yo ya sabía por mí misma que una cosa es el ACTO de fumar, y otra muy distinta la IDEA de fumar. Tenía dos frentes que atacar y debía armarme bien. Comencé con el acto. Aproveché lo que había aprendido gracias a ese estudio para usarlo en mi favor y me convertí en mi propia rata de laboratorio para desmenuzar sin piedad mi ACTO de fumar. ¿De verdad me gustaba tanto como yo quería creer?

No, no me gustaba en absoluto. Sabía igual de mal que siempre, solo que me había acostumbrado, pero si prestaba atención, algunos cigarrillos al día me devolvían el sabor asquerosamente original que tuvo el primero de la historia. Puagg. Bueno, quizá no me gustase, pero me relajaba. ¿Sí?

No, para nada. Cuando fumaba después de un momento tenso, me tomaba el pulso y éste se aceleraba aún más con las caladas. La nicotina excita, es un hecho. Vale, no me relajaba, pero sicológicamente era un apoyo, ¿verdad?

Sí. Eso era cierto, tan cierto como el efecto placebo. Fumar era algo que hacía creyendo que me ayudaba, que me acompañaba, me entretenía, me hacía sentir mejor, más completa. Por supuesto que no era cierto, pero el hecho de que considerase a mis cigarrillos como algo imprescindible, había convertido al tabaco en un apoyo real. La única verdad es que necesitaba el tabaco, o mejor dicho, necesitaba mis dosis de nicotina. Bueno, por fin había llegado a la IDEA de fumar: el más fiero de mis contrincantes en la lucha que ya no iba a tardar mucho en emprender.

Lo vi claro, no sé por qué, un día tuve la absoluta convicción de que podía desmontar todos mis mecanismos mentales para acabar con las falacias de la idea de fumar, y que no había nada a lo que debiese temer, ni al sufrimiento físico por la adicción (es cierto que es un mono muy leve y pasajero), ni al sufrimiento sicológico por la falsa pérdida (no hay ninguna pérdida, todo son ganancias), ni siquiera al miedo de los miedos: al fracaso. Soy generosa como maestra de mí misma y, por supuesto, contaba con no conseguirlo. Mi lucha era contra mi adicción, no contra mí. Si el proceso no era tan sencillo como creía de antemano, no me iba a permitir sufrir un infierno para huir de otro, así que volvería a fumar sin pensármelo dos veces. No iba a haber castigo, pero podía haber un tesoro de premio. Estaba preparada.

Con el ánimo adecuado, abrí de nuevo el libro que llevaba esperando cuatro años su momento, y usé las herramientas que me proporcionó su método para conseguir mi incentivo. Y gané. En un solo día, en un instante, gané.

Victoria tras victoria. Me reí a carcajadas durante el primer café que tomé sin cigarrillo. Dios, estaba tan asustada pensando que el café ya no sería igual… No imaginaba que el café me gustase tanto… qué rico está ahora. Volví a reírme de agradecimiento cada paso que daba sin fumar y no resultaba frustrante ni vacío ni incompleto. Desde el primer día, vivir sin tabaco ha sido exactamente igual que cuando fumaba; exactamente igual. Supongo que a los no fumadores debemos pareceros idiotas con estos descubrimientos ¿verdad, Supernova? Lo cierto es que viví con curiosidad y fascinación los monos de la primera semana que había aprendido previamente a distinguir y ver venir. Me disculpé abochornada y divertida por el par de ratos de irascibilidad que me sorprendieron incluso a mí en esa primera semana. Disfruté todo lo que pude del proceso del que tenía información suficiente y que se fue endulzando rápidamente en las dos semanas siguientes, hasta que un día olvidé tachar la casilla correspondiente en el calendario que estaba usando para mi batalla. Increíble, había olvidado que estaba en guerra; había olvidado que yo antes fumaba.

Y eso ha sido todo hasta hoy, dos meses después de mi primer día de no fumadora, que sigo sin creer que fuese tan fácil.

Con respecto al consultorio, creo que os lo he contado todo, pero si fumadores o no tenéis necesidad o curiosidad de saber algo más, estoy encantada de responderos, aunque tarde algo en hacerlo. Incluso vosotros, fumadores, no fumadores y mixtos (Laislabonita, tú has sido amb@s) si queréis, también podríais responder a las preguntas de otros, si es que hay alguien que quiera preguntar algo, claro. Podemos hacerlo aquí mismo.

Bueno, queda oficialmente inaugurado el Frikimundo del Fumador. ¿Alguna pregunta? Yo tengo una: ¿Es tan sencillo como me ha parecido, o me estoy engañando y esto no ha hecho más que empezar?

Y ahora me voy a seguir preparando otro aniversario. Mañana cumplirá dos años una irrepetible, fascinante y agridulce historia que, pase lo que pase, seguirá creciendo conmigo. No me regañes mi deliciosa Cata, la cortina de humo ha cumplido su misión, y yo he cumplido mi palabra de no usar este blog para contar cómo se me ha roto y pegado el corazón a cada capítulo de esa historia. Tranquila, ya estoy preparando otro tema del que puedo hablar otros tres meses más para no hablar de mí. ;-)

Y ahora, un brindis: ¡Por nosotros!

Ah, antes de que os montéis películas que no son, ésta el la letra:

Abba (When all is Said and Done)


Por nosotros,

brindemos de nuevo

y luego pagaremos la cuenta.

En nuestro interior, los dos

podemos sentir el frío del otoño.

Tú y yo somos aves de paso

que volamos por instinto.

Cuando la canción haya terminado

y las nubes cubran el sol,

ni tú ni yo seremos los responsables,

cuando todo haya pasado.

En la vida hemos recorrido

caminos extraños y solitarios,

ligeramente castigados, pero con dignidad,

y no demasiado viejos para el sexo.

Lúcidos y con los ojos bien abiertos,

habiéndolo probado todo.

Tranquilos en la encrucijada,

sin deseos de huir.

Ya no hay ninguna prisa

cuando todo ha pasado.

Tranquilos en la encrucijada,

sin deseos de huir.

Ya no hay ninguna prisa

cuando todo ha pasado.

Chic@s, os iré a ver en mi próximo rato templado.
Besos y pas para tod@s.

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23 Noviembre 2008

Adiós, cigarrillo, adiós

Alguna vez tenía que ser. Sé que estas cosas me pasan por bocazas, por no pararme a calcular en el momento del arranque, por no querer medir más allá del instante de entusiasmo por el que me dejo llevar.

Quise hacer una especie de crónica rodada de mi adiós al tabaco, y de hecho comencé por una pequeña historia a modo de prólogo. La idea era contar lo que me iba ocurriendo a medida que la nicotina, el alquitrán, el plomo, y todas esas porquerías a las que los fabricantes llaman “césped” dejaban de recibir refuerzos y empezaban a morirse de soledad. Me pareció fascinante la idea de pormenorizar los síntomas de los monos que no estaba segura de poder preveer, ni de saber vencer, y que iban a ser mi talón de Aquiles en esta despedida. Quería ser libre, no seguir esclavizada por mi adicción a los cigarrillos, y contar esta personal batalla de liberación me pareció importante, casi imprescindible. Pero el tamaño y la fortaleza de las importancias siempre son relativas y variables, y ésta se me agotó en el prólogo, como muchos de mis buenos propósitos.

No tengo más remedio que ser sincera porque no tengo tiempo para inventarme cuentos (que se lo pregunten a la pobre MiLady), así que haré un micro resumen de: 1. el porqué de no haber ido narrando mis aventuras de “renacimiento” y 2. otro micro resumen de las aventuras en sí. Y doy por micro cumplida la crónica.

1. Motivos de mi falta de continuidad de La Cortina de Humo (necesitaríamos un par de reencarnaciones más para detallar el resto de mis faltas de continuidad):

La inmensa mayoría de vosotros y de la gente a la que quiero en la vida tangible fumáis como carreteros. Me di cuenta de que no me gustaba hablar de ello con fumadores porque me parecía cruel y me sentía incómoda. Tampoco compartirlo con no fumadores era gratificante porque, aunque me aplaudían mucho, no entendían ni una palabra de lo que me estaba pasando ni podían valorarlo en su justa medida. Así que, de repente, me quedé sin un público adecuado y ya no me apeteció alimentar el espectáculo. Simplemente, lo empecé a vivir sólo hacia adentro, que es algo mucho más profundo y muchísimo más aburrido, con lo que al poco tiempo ya dejó de compensarme escribirlo en privado; yo nunca he sido público suficiente para mí. Y el tema en sí, se acabó.

2. Aventuras vividas hasta hoy en el proceso de reinserción social como elemento grato y no contaminante:

Muchas. Ha sido y sigue siendo fascinante. Era cierto eso de que el poder está en el coco. Alucino. Ojalá pudiese compartirlo de verdad con alguien. Creo que he visto a Dios; vale, quizá exagero.

Epílogo: Sigo sin fumar y, sin querer pecar de marisabidilla ni de profeta, dudo que vuelva a hacerlo. No he hecho ningún ejercicio de férrea voluntad, ni he sufrido tormentos de tentaciones ni pamplinas de esas, simplemente, ya no me apetece y yo sé porqué. :-)

Se me ha ocurrido algo que quizá compense un poco esta falta de rigor en el cuaderno de campo y que puede que impida que estas experiencias únicas e irrepetibles (eso espero), se pierdan en mis agujeros negros domésticos.

La idea:

¿Qué tal si monto en la sección de La Cortina de Humo un consultorio para fumadores y no fumadores? Me refiero a que, en caso de que alguien sienta algún interés por saber cosas sobre el proceso de dejar de fumar o de cómo comprender a los fumadores desde fuera, puedan hacer preguntas sin pudor a las que yo y vosotros contestemos desde nuestra particular y diferente experiencia. ¿Me estoy explicando? En caso de que así sea ¿me estáis entendiendo? Si tenemos un doble “sí”, ¿os parece una buena idea o es una estupidez a sumar en la colección? No estoy segura de querer que contestéis con sinceridad a esto último.

Bueno, pues esto es todo, de momento. Os dejo con un trozo de ese pasado agridulce que ya no podré cantar nunca máis.

Tags: tabaco, fin

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26 Octubre 2008

¡Soy Pasiva! Y feliz

Hoy es un día muy especial: es mi primera vez desde hace más de treinta años. La primera vez que me despierto al otro lado.

Pero antes de explicar porqué estoy de celebración, voy a terminar mi “Historia de una fumadora empedernida” resumiendo los años que siguieron a mi licencia para fumar en pocas palabras, porque, aunque mis días han sido variados y sorprendentes, mi adicción al tabaco ha sido siempre igual: sistemática, mecánica y aburrida.

He sido fumadora durante tres cuartas partes de mi vida y nunca ha habido sorpresas. Así como tengo guardados momentos especiales con comidas especiales, vinos especiales, bailes especiales, copas especiales, petas o pasteles de marihuana especiales, canciones especiales, libros o páginas especiales, películas o escenas especiales…, no recuerdo un solo cigarrillo más especial que el resto, no tengo memoria de haber disfrutado de una cajetilla o de una calada más que de otras salvo porque el momento sí fuese especial. Así que, me guste reconocerlo o no, me he pasado treinta años haciendo lo mismo: encendiendo, aspirando y apagando a todas horas cilindros de papel rellenos de restos de hojas de tabaco secadas y mezcladas con cientos de productos prohibidos para el consumo alimenticio y generosamente usados sin ningún control en la elaboración de cigarrillos de marca (a estas alturas prefiero no saber lo que me he fumado). Y toda esta emocionantísima actividad, sin otra recompensa que la de no sufrir la abstinencia de nicotina. Fascinante.

Rutina, rutina, rutina. Triste pero cierto: todos mis cigarrillos han sido prácticamente iguales; unos con mejor o peor sabor que otros, fumados con mayor o menor ansiedad, quemados en un cenicero o entre los dedos con más o menos atención, pero en el fondo exactamente igual de aburridos, de sosos y de indiferentes. Mi media de consumo de porquería nada estimulante y sin identificar: dos cajetillas diarias.

Fin de la historia. Volvamos a la celebración.

Veréis, cuando fumaba, no soportaba el olor a tabaco cerrado, los locales humeantes, la peste de las colillas del día siguiente, la resaca de nicotina en la cabeza y la garganta, el olor de mi respiración de las horas de sueño condensada en la habitación… En fin, estaba convencida de que si alguna vez dejaba de fumar, me convertiría en el ser más intolerante e insufrible del mundo libre (de humo). ¡Sorpresa!

Anoche salí de cine, cena y copas. ¿Y? Pues que todo eso fue compartiendo espacio cerrado con fumadores. Fui yo quien pidió que la reserva del restaurante fuese en zona de fumadores, la que eligió los locales de fumadores y la que no tuvo prisa en irse de los espacios llenos de humo. Sabía que mis amistades fumadoras no se atreverían a hacerlo por respeto a mi recién condición de ex. Y yo, sin poder explicar porqué, estaba segura de que no me importaría lo más mínimo pasar la noche entre caladas ajenas.

Por eso esta mañana tengo algo muy importante que celebrar: mi ropa de anoche apesta, mi pelo apesta, mi garganta está seca y carrasposa, me pica la nariz y el paladar, y hasta toso ligeramente. Es la primera vez que soy fumadora pasiva y no sabéis la ilusión que me ha hecho comprobar que puedo no fumar sin transformarme en una máquina machaca fumadores. Ahora sí que empiezo a creer que quizá el tabaco es mi pasado y que puede que no vuelva a tener lugar en mi futuro.

Me siento bien como fumadora pasiva y en cuanto que pueda voy a celebrar a lo grande tres cosas: que no he sufrido dejando de fumar, que sigue sin apetecerme lo más mínimo fumar y que ni me tortura ni me molesta que los demás fumen. ¡La hostia!

NOTA:
Creo saber porqué ha sido tan fácil dejar de fumar y, por supuesto, os lo contaré, pero sólo si me prometéis no intentarlo vosotros.

Que tengáis una magnífica semana.

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22 Octubre 2008

Licencia para Fumar

¡¡¡QUINCE DÍAS!!!

Qué pasada. No me lo creo ni yo.

Pero tengo que ser honrada… no he sufrido nada ni parecido a lo que esperaba. No es que no tenga mérito, que tengo un montón (que no decaigan los aplausos, podría favorecer una recaída), pero el esfuerzo ha sido anterior a dejarlo. Pero esto ya lo explicaré cuando llegue a ese punto de la historia.

Bien, decía que, con mucho empeño y “fuerza de voluntad” conseguí aprender a fumar. El tabaco dejó de saberme sistemáticamente asqueroso y comencé a “disfrutar” de su sabor en algún momento. Ya era mayor; mayor e interesante. Pero aún no podía fumar “oficialmente”. En el parque con los amigos, a la salida del colegio en un portal, en los recreos en los baños, en la calle camuflados en la pandilla… Pero a escondidas, como los furtivos.

En mi casa fumaban todos menos mi madre y mi tata. Mis dos hermanos mayores, mi padre y mi padrino. Todos fumaban tabaco negro, y mucho, muchísimo. Si me es difícil recuperar recuerdos sin tabaco desde los quince años, lo que resulta imposible es encontrar una sola imagen, fija o en movimiento, de mi padre sin un cigarrillo o un puro en su mano izquierda. Mi padre era un gran fumador, no sólo porque fumase mucho, sino porque adoraba el tabaco en forma de puros. Era un experto.

Yo sabía que fumar delante de mi padre no era algo pensable hasta mi mayoría de edad. Es este tipo de información que tienes sin necesidad de que se haya dicho o escrito; simplemente se sabe. Bien, mi madre ya había hecho gala de esa superintuición maternal para advertirme que sabía que yo fumaba, y que seguramente mi padre también pero que dios te libre de que te vea hacerlo así que será mejor que tengas cuidado y dejes de fumar en el cuarto de baño que por cierto estas dejando la repisa de la ventana hecha una porquería con tanta colilla apagada y que los filtros no cuelan por el desagüe del water así que deja de tirarlos y de gastar litros de colonia en camuflar inútilmente el pestazo que dejas cada vez que entras a fumar que es que odio el olor del tabaco rubio ¿no podrías fumar Kaiser como tus hermanos?

Bueno, así pasamos un tiempo, (¡Mamá! Estás insinuando que yo fumo? ¡Por dios!), hasta que un día de verano en la piscina, estando yo echando un pitillito en el guardarropía de señoras y charlando con mi querida Maruja (la persona más permisiva con los adolescentes que me encontré), algo cambió. Un exagerado levantamiento de cejas en su cara precedió a la voz de mi padre que, a mis espaldas, le pedía a Maruja un mechero para su puro. No me moví hasta que escuché sus pasos alejándose, creo que ni respiré. Maruja se limitó a decir “te pilló”.

Esa noche en casa, mientras cenábamos, me dijo mirándome serio pero con cariño: “Hasta que no cumplas los 18 años no podrás fumar delante de mí. Si quieres fumar en casa, puedes hacerlo, pero no donde esté yo”.

¡Alucinante! No me hablaba como un jefe, se dirigía a mí como un amigo, un fumador que comprende las necesidades de otro, un colega en toda regla. De repente, cómo no me había dado cuenta antes, tenía el padre más enrollado del mundo. ¡Me dejaba fumar! Nada de broncas, ni de discursos ni de nada. Sólo una norma facilísima de seguir. Así que, por fin, tenía LICENCIA PARA FUMAR.

Eso sí, no sé explicar porqué entendí y sigo entendiendo que en aquella época, la preocupación de mis padres no fuese fumar o no, sino hacerlo en público, pero lo entiendo. También entiendo que nadie me insistiera en lo malo que era el tabaco, ni las enfermedades que acarrea, ni la terrible dependencia que genera, ni que es, con mucho, la adicción más difícil de combatir y la que menos compensaciones tiene. Igual que nadie me advirtió durante todos esos años de lo peligroso que era broncearse sin precaución.

Eran otros tiempos y yo podía quemarme por dentro y por fuera a mis anchas. Ya era “LIBRE”.
¿No?

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19 Octubre 2008

La primera calada

Bueno, más de treinta años fumando. Más de dos tercios de mi vida preocupada por si me quedaba sin cigarrillos y no me daba cuenta a tiempo de poder comprar en algún sitio. Casi cuatrocientos meses incluyendo el tabaco en el presupuesto de gastos fijos. Más de once mil días pendiente de no dejarme la cajetilla y el mechero olvidados. Eso sí, todos mis recuerdos desde la adolescencia llevan un cigarrillo en la mano. Pero, ¿cómo empezó toda esta locura de dependencia y esclavitud?

Me recuerdo haciendo los deberes, no sé, con doce o trece años, quizá menos, aspirando fuertemente un lapicero que sujetaba con toda la elegancia que podía. Miraba mi reflejo en el cristal de la ventana, para adaptar mi postura a la que trataba de imitar. Mi modelo: Audrey Hepburn, por supuesto.

Recuerdo que todas las mujeres a las que admiraba por algún motivo (forma de comportarse, de pensar, de vestir,…) fumaban. Todos mis ídolos fumaban (Indira Gandhi llegó a mi vida mucho después), así que supongo que mi adicción empezó por eso tan típico de imitar patrones de adulto que se desean adquirir. Ser mayor y serlo de la manera que más nos gusta pensar cuando aún no lo somos.

Vale, hasta aquí todo bastante corriente.

No estoy segura, pero creo que mi primera calada la di con catorce años. Sé que no empecé a fumar con frecuencia hasta los quince, pero sé que coquetee con el tabaco al menos un año antes. También recuerdo perfectamente esa primera calada. ¡Qué asco! No me atreví a aspirar el humo con fuerza. Lo dejé en la boca un segundo antes de soltarlo como si fuese un trago amargo. Se rieron de mí, lógico, así que me propuse “aprender a fumar”. Ya sabéis, ir aspirando poco a poco el humo hasta acostumbrarse a “tragarlo” sin toser. Sabía a rayos y hacía que la boca y la garganta picasen, como cuando masticas una pipa chunga, pero me esforcé, me empeñé en ser tan sofisticada y tan glamorosa como Audrey o como mi cuñada, o como mis profesoras seglares tan modernas y tan inteligentes, o como la mujer en la que me quería convertir algún día: una mujer fuerte, independiente, valiente, encantadora y muy, muy seductora.

¿Tendría todo eso gracias a soltar humo por la boca y la nariz? ¿Encontraría mi seguridad en el tabaco? ¿Fumar me haría mejor?

Tags: dependencia

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18 Octubre 2008

La cortina de Humo

Hoy hace doce días que dejé de fumar. Doce días sin tabaco… Caray, jamás lo hubiese creído. He fumado durante más de treinta años sin parar practicamente ni un día, así que no me extraña estar tan sorprendida.

No tengo ninguna intención de hacer apología de las ventajas de no fumar, ni tengo previsto convertirme en un miembro activo de la liga anti-tabaco. No, nada de eso.

Sin cantar victoria ni pretender dar por hecho nada, abro la sección “La cortina de humo”, en la que a modo de diario me gustaría contar lo que ha ido pasando desde que fumé ese “último cigarrillo” y lo que seguirá pasando en adelante, que esté relacionado de alguna forma con el tabaco, o con la ausencia de él. Porque aunque yo quiera quitarle importancia de cara a la galería, esto está siendo vital para mí.

Bueno, inaugurada queda. Ahora sólo hay que empezar por el principio.

Próxima entrega: “Partiendo del Auto-odio”

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